jueves, 12 de mayo de 2005

Memorias de un Iniciado


Por Baldur Agripa

(El siguiente texto corresponde a la primera transcripción que se hace del diario de vida de Baldur Agripa -Carlos Manuel Nejas-.  En lo sucesivo espero seguir publicando esta valiosa obra).

Escribo esto para mí.  Para mí y para quienes me han seguido como discípulos.  Escribo también para conservar intacta la memoria de los hechos esenciales de mi vida.  No tengo interés en que esto sea leído por nadie más.  Si de filosofía se tratara lego a los otros mis obras públicas.  Pero estos relatos sólo me conciernen a mí y a quienes que, como yo, han seguido la filosofía del bosque.

A diferencia de mis disquisiciones filosóficas espero aquí ser sintético.  Después de todo lo esencial sólo se comunica en símbolos.  Y para símbolos apenas hacen falta unas pocas páginas.

Mi primera iniciación, mi iniciación de fuego, ocurrió cuando estuve sólo a unos cuantos metros de Rudolf Hess.  Ya he hablado de esto in extenso en mi libro sobre los dos Cielos. Yo tenía entonces sólo doce años.  Verlo fue el paraíso.  La energía que me trasuntó ese encuentro, esa cercanía, me ha acompañado de por vida.   Y me impulsó tempranamente a este viaje interior.

Mucho antes de conocer a mi Maestro en la filosofía del Bosque tuve, en mi natal Osorno, otro maestro.  Le conocí pocos meses después de regresar a Chile.  Yo fui su único discípulo.  Me llamaba Baldur, como al héroe.  Y me enseñó alquimia.  Vivía en las afueras de la ciudad.  De camino a la frontera con Argentina.  Mi tía Bertha, con quien vivía en Osorno, me iba a dejar en auto, sagradamente, todos los domingos por la mañana a su casa; y me pasaba a recoger por las tardes.  Con él estudié la obra de Trithemius,  Maier, Bruno y Agripa.  Fue este último quien más me interesó, por lo que muchos años después, cuando renací a la filosofía del bosque, decidí ser llamado como él, Agripa. 

Diez años frecuenté a mi primer maestro, cuyo nombre no viene al caso mencionar aquí.  Y cuando cumplí los veintiséis años me despedí de él con un abrazo y me vine a Santiago a estudiar pedagogía. 

En la capital me reuní con mi hermana menor, mi medio hermana.  El único pariente cercano que tenía, fuera de mi tía.   Teresa Núñez Hidalgo era su nombre.  Era la única hija del segundo matrimonio de mi madre.  Le adelantaba en diez años; diez años de esta existencia.  Pero ella parecía tener más edad que yo; edad de la otra existencia.  Era inquieta, bella y extremadamente inteligente.  Proclive a las ciencias ocultas, al misticismo; y fervorosa admiradora del führer.  Fue ella quien me lo enseñó en su faceta esotérica.  Entonces se me hizo claro lo que yo había visto veinte años atrás en Hess y el nacional socialismo. 

Cuando mi hermana cumplió veinte años se casó con quien había sido su profesor de ciencias en el colegio.  Era éste también su maestro en cuestiones del otro mundo.  Tenía más edad que yo (cinco o seis años más); e inició a mi hermana en la filosofía hermética.  Murió repentinamente hacia finales de los años cincuenta.  Por lo que mi hermana se allegó más a mí y se fue a vivir conmigo en el pequeño apartamento que alquilaba cerca de la calle matucana. 

Fueron años maravillosos.  Le enseñé todo cuanto había aprendido de mi maestro de Osorno.  Y cuando estuvimos en condiciones de viajar y conocer emprendimos un viaje de tres meses por los más remotos lugares de la India.  Eso fue entre los meses de Enero y Marzo de 1964.  Yo entonces tenía 37 años.  De vuelta en Chile nos volvimos a Osorno.  Nuestra tía Bertha (biológicamente sólo tía mía) moría y nos legaba su casa de toda la vida.  Vivimos allí hasta 1971.  Pero en 1968 ocurrió algo que cambiaría nuestras vidas.

En Enero de 1968, durante mis vacaciones de verano, viaje con mi hermana a Nueva York.  Me había convencido ella que viajáramos por tren por toda la costa oeste de Norteamérica.  No me apetecía mucho el viaje.  Pero nos lo había sugerido un amigo de Osorno cuyos padres vivían allá.  Llegamos a Nueva York el 8 de Enero de 1968 y fue en el aeropuerto donde ocurrió el milagro.  Allí conocimos un joven alto y buenmozo, de aspecto nórdico, que nos dijo ser español.  Nos pareció extraño, pues no tenía los rasgos físicos que asociábamos al español común.  Aun cuando éste era oriundo del norte de España, de una ciudad conocida como Irún.  Su nombre, el que nos dio, fue Gabriel de la Frontera; aunque nosotros supimos intuitivamente entonces que no se llamaba así.  Fue este fortuito encuentro lo que cambiaría de plano nuestras vidas.

Estuvimos sólo dos días en Nueva York, pero ese tiempo bastó para que trabáramos una amistad con Frontera.  Fue muy cordial con nosotros.  Los dos días que estuvimos allí le frecuentamos en su Hotel de la calle 103 con la avenida Ámsterdam.   Salimos a caminar y nos detalló las cosas que abruptamente nos había referido el tiempo que estuvimos juntos en el aeropuerto la mañana que llegamos a la ciudad.   Cuando nos despedimos nos invitó a su casa, en España, en Irún.   Y me obsequió un libro autoeditado, del que me dijo habían sólo unas cuantas pocas copias.  Estaba escrito por él y llevaba el título de Diarios de un Iniciado.  Fue por ese libro que tres años después viajé a España, en busca de Frontera, decidido a encontrarlo. 

Gabriel de la Frontera fue mi Maestro en la Filosofía del Bosque.  Tenía apenas cuatro años más que yo; cuatro años más de esta existencia.  Pero cuando hablaba dejaba la impresión de ser un octogenario.  No obstante esto su aspecto físico no era el de un sabio común.  Su semblante semejaba al de un adolescente -pese a que tenía 45 años cuando le conocí.  Era alto, rubio y de ojos azul grisáceos.   Hablaba castellano y euskera indistintamente; y sabía también francés y alemán.  Fue a través de él que oí hablar por primera vez de Ulrich von der Vogelweide. 

Tres años antes de nuestro encuentro en Nueva York Frontera había sido discípulo de una mujer excepcional, una verdadera maestra del camino del Bosque.  Según Frontera su maestra, cuyo nombre era Margarite vaal de Marne, había sido discípula del misterioso Barón von Klappenbach, cuyo nombre esotérico era Julius Tab-Inke.   Klappenbach vivía en Tesalónica cuando se encontraron los restos del papiro de Derveni.  Tuvo acceso a algunos de los fragmentos, en los primeros meses de la investigación, cuando todavía no se sabía lo peligroso que podía resultar ese documento.  Hallo en ellos semejanzas con los escritos de Kônered que mi maestro llamaba orfeonomikon. 

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